
“Ozzy: No Escape From Now”: la última confesión del Mito

El rock vuelve a latir en primera persona. “Ozzy: No Escape From Now” no es una coronación tardía: es el último espejo de Ozzy Osbourne, una crónica de seis años donde la épica convive con la fragilidad.
El documental póstumo llega a Paramount+ con material inédito y una entrevista eje que, sin proponérselo, se transformó en testamento. El relato viaja de Birmingham —la ciudad que lo vio nacer y despedirse— al santuario íntimo del estudio, con Sharon calibrando la memoria, Aimee abriendo su reserva, Kelly y Jack sosteniendo la trama familiar, y la música como único remedio posible.
La película —dirigida por Tania Alexander— evita el bronce.
En lugar de la estampita del héroe, entrega a un hombre que cayó, se operó, canceló giras, peleó contra el Parkinson y aun así volvió a cantar. En una escena, Ozzy bromea: “Antes tomaba pastillas por diversión; ahora las tomo para sobrevivir”.
Dolor y humor, la mezcla perfecta de un artista que hizo del exceso un arte y de la vulnerabilidad, una forma de verdad. La cámara lo acompaña mientras afina la voz desde un trono rojo, dialoga con Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y se deja provocar por Andrew Watt: el Ozzy que responde con ironía es el mismo que, segundos después, se quiebra y vuelve al micrófono. Porque la música fue su terapia y su trinchera.
El último concierto —Back to the Beginning, el 5 de julio en Birmingham— condensa esa dialéctica entre resistencia y despedida. El film recorre la expectativa, los ensayos, las dudas físicas y la voluntad de ser “el Ozzy de siempre” aunque el cuerpo pase factura. En la voz de Sharon, asoma el único pendiente: no haber podido despedirse de todos sus fans como él soñaba. Ese dolor late bajo cada recuerdo de Black Sabbath, cada riff que cambió para siempre la gramática del metal, cada anécdota doméstica que derriba la pose del monstruo y deja al padre, al compañero, al hombre.
También están los discos finales que reivindicaron su nombre ante una generación nueva: “Ordinary Man” (2020) y “Patient Number 9” (2022). El detrás de escena lo muestra concentrado, pícaro, exhausto, encendido. El estudio es un quirófano donde Ozzy opera su propio mito: corta, cose, sutura, ríe. No hay nostalgia vacía, hay artesanía rockera. Los amigos músicos no hablan desde el elogio fácil, sino desde la admiración trabajada: el tipo ensaya, pregunta, busca. No hay escapatoria, pero sí hay oficio.
Este documental póstumo es, al mismo tiempo, un manual de supervivencia y un acto de amor. Para la cultura pop, Ozzy será siempre el Príncipe de las Tinieblas; para el metal, el arquitecto de una estética; para la radio, una voz que desarmó los límites del escándalo; para su familia, un hombre que peleó hasta el final. Murió el 22 de julio, a los 76, rodeado de los suyos. Tres semanas antes, había cantado por última vez en su ciudad. Es difícil imaginar un cierre más coherente: volver al origen para decir gracias.
Glitter para Ozzy, sí: brilla donde el rock todavía duele. “No Escape From Now” no canoniza: humaniza. Y en esa humanidad —con pastillas, cirugías, carcajadas, riffs y un trono rojo— late la prueba final: la oscuridad fue su lenguaje; la música, su salida de emergencia. Cuando se apaguen los créditos, quedará lo esencial: el eco de una voz que convirtió el miedo en arte y el arte en leyenda.


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