Hace 25 años desapareció el grupo español más rompedor de los noventa. Un libro y un documental recientes cuentan su vida. Nosotros rescatamos sus himnos

Los cuatro miembros de Héroes del Silencio en 1990: de izquierda a derecha, Juan Valdivia, Joaquín Cardiel, Pedro Andreu y Enrique Bunbury.

“Nuestro mejor disco en cuanto a naturalidad, El mar no cesa; el mejor en cuanto a frescura e inmediatez, Senderos de traición; el mejor en cuanto a locura creativa, El espíritu del vino; y el mejor en cuanto a pegada, Avalancha”. Pedro Andreu, batería de Héroes del Silencio, se sale por la tangente cuando le preguntamos cuál es su disco favorito del cuarteto. Y lo cierto es que acierta en el análisis. El cuarteto zaragozano se separó hace 25 años, en 1996 (luego, en 2007, se reunió para una gira de solo 10 conciertos), de forma abrupta, cuando se encontraban creativamente vivos. Esta semana se ha publicado un libro, Héroes de leyenda (Penguin Random House), la historia del grupo escrita por Antonio Cardiel, hermano del bajista de la banda, Joaquín Cardiel. La semana que viene (23 de abril) se estrena un documental en Netflix, Héroes: Silencio y rock & roll, dirigido por Alexis Morante, y su correspondiente banda sonora.

En sus 12 años de vida Héroes del Silencio editaron cuatro álbumes de larga duración de estudio, ninguno de ellos flojo, quizá el primero (El mar no cesa, 1988) sea en menos bueno. Los otros tres brillan a un gran nivel: Senderos de traición (1990), El espíritu del vino (1993) y Avalancha (1995). El guitarrista, Juan Valdivia, elige para este periódico el que más disfruta: “Senderos de traición, porque suena bonito. Se juntaron varias cosas: buen ingeniero, buen productor y buena comunicación entre los miembros del grupo”.

Este trabajo se abre con los dos grandes clásicos del cuarteto, ambas canciones por derecho entre los himnos del pop-rock español. Entre dos tierras, con la arquitectura sonora de Valdivia y una letra sobre confrontación y traiciones. Esta fue la primera canción en castellano que cantaron los alemanes a voz en cuello sin saber ni una palabra de español. Pasados los años, hasta aquello de “no seas membrillo” no rechina. El disco continúa con Maldito duende, un medio tiempo cuya letra sigue siendo motivo de discusión entre los seguidores del grupo. La teoría más extendida es que trata sobre los efectos de las sustancias psicotrópicas (“y este cuarto no para de menguar”) y su posterior resaca (“amanece tan pronto y yo estoy tan solo, y no me arrepiento de lo de ayer”).

También de Senderos de traición es La carta, una misiva dirigida por el vocalista a su padre. Una letra con sus reproches: “Siempre he escuchado y ya no te creo./ Por qué no te entiendo, por qué estás tan lejos”. En cuanto a las letras pedimos opinión a Fernando del Val, que las ha estudiado detalladamente para dar forma a su libro El método Bunbury (Difácil, 2020), donde se descubren apropiaciones de varios poetas. “Las canciones de Héroes del Silencio no creo que tengan ningún mensaje. La variedad de autores que hay dentro, muchas veces contradictorios, imposibilita su interpretación. Pero igual su atractivo viene de la incoherencia. Un caso extremo es La chispa adecuada. En ella conviven el malditismo de El Ángel, la sensualidad de Neruda, el compromiso de Benedetti y la oscuridad de Arrabal. Parece un revoltijo. ¿Puede haber estéticas más diferentes? Son casi incompatibles. Así que, más allá de en versos concretos, no creo que haya nada que entender. Aun así, esa falta de sentido ha demostrado ser una virtud, facilitando la libre interpretación”.

Héroes del Silencio (mit Sänger Enrique Ortiz de Landázuri) on 31.10.1995 in München / Munich. (Photo by Fryderyk Gabowicz/picture alliance via Getty Images)

Héroes del Silencio: la gloria y el traumático final de un grupo rompedor

Oración resulta brillante, con unos hermosos arpegios de guitarra de Valdivia, y una letra anticlerical de Bunbury. Quizá más contra los curas que contra la religión católica. A principios de la década de los noventa el cantante se mostró interesado por el orientalismo, que probablemente acentuara su rechazo al catolicismo inculcado en su casa. Oración se cierra con el Bunbury más dramático, aullando “¡no, no, no!”. En su imparable búsqueda artística el vocalista se había encontrado con Mar Otra Vez, una personalísima banda española de cuyo cantante, Javier Corcobado, probablemente quedó fascinado. Esta tendencia suya al canto trágico es muy corcobadiana.

Las primeras letras del grupo se muestran ingenuas comparadas con las que surgen a partir del segundo disco. Es en ese momento cuando crece la ambición artística de Bunbury y persigue robustecer los textos. Mar adentro pertenece a esa primera etapa, una canción de amor y pasión que Bunbury presentaba en directo como de “sexo oral”. Del primer disco es también El estanque, donde vuelve a deslumbrar Valdivia: la canción podría ser perfectamente instrumental; de hecho, la voz no entra hasta pasados dos minutos. Otra circunstancia que constata los especiales que eran Héroes del Silencio.

El espíritu del vino resultó su disco más ambicioso y complejo, un trabajo doble que según algunos miembros del grupo igual hubiese quedado mejor rebajado de canciones. Allí se incluye La herida, en la que Bunbury trata la relación entre él y Juan Valdivia, antes amigos, ahora enfrentados. “¿Qué hay de dos amigos cuando después de todo parecen perdidos y prefieren a otros?”, entona Bunbury. Nuestros nombres y La apariencia no es sincera representan perfectamente el concepto de este tercer disco: canciones largas (seis y siete minutos), de estructuras alambicadas y letras complejas (más todavía). En La apariencia no es sincera hay un solo de guitarra por el que matarían muchos guitarrista de primer nivel.